De centro de menores a familia integradora
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La institución presta una atención integral a las necesidades físicas, psicológicas, sociales y familiares que tienen los chicos
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El espacio de acogida San Juan Bautista protege a 40 niños que se encuentran en una situación de desamparo
Fuente: HOY.es - TANIA AGÚNDEZ | BADAJOZ.
Les matriculan en sus colegios, les ayudan a hacer los deberes, les escuchan y asesoran en sus problemas, les acompañan a hacer compras o les atienden cuando están enfermos. Los cuidadores del centro de menores San Juan Bautista se preocupan por los usuarios como si fueran sus propios hijos. A los niños que permanecen en este espacio no les falta nada. Tienen alojamiento, comida y ropa, pero también cariño y afecto. Conforman una gran familia que trabaja día a día para normalizar la vida de sus miembros e integrarlos en la sociedad.Un total de 40 niños de entre 0 y 18 años están en estos momentos viviendo en esta residencia. La mayoría de estos menores se encuentra desamparada y sufre una situación de abandono familiar, maltrato, condiciones infrahumanas en viviendas o sus progenitores tienen problemas de toxicomanía, prostitución o permanecen en la cárcel. «En estos casos la Junta de Extremadura asume su tutela. Pero no se trata de chavales problemáticos ni delincuentes, sino que por las circunstancias que les ha tocado vivir necesitan durante algún tiempo la ayuda de la administración», explica la directora del centro, María Teresa Rodríguez.Para facilitar el trabajo a los educadores y garantizar la mejor atención a los beneficiarios, este espacio está dividido en dos zonas diferenciadas. En una se ubican los niños de 0 a 5 años (actualmente hay 17 niños) y en la otra los chicos que tienen entre 6 y 18 años (ahora viven 23 chavales). Este último grupo está separado en distintos hogares en los que cohabitan ocho usuarios como máximo (de 6 a 8 años, de 9 a 12 años y de 13 a 18 años).Cada una de estas unidades tiene tres educadores/tutores de referencia que desempeñan las tareas que lleva a cabo cualquier padre o madre. «Estimulan su desarrollo integral. Trabajan para que los niños tengan autonomía personal, formativa y social como en cualquier otra familia. Sin embargo, estas personas están formadas para potenciar la autoestima y afectividad de los usuarios, porque a veces les ha tocado vivir situaciones difíciles. Queremos que los niños se sientan seguros, no sólo materialmente, sino también emocionalmente», destaca.
Así, tratan de cubrir todas las necesidades físicas, psicológicas, sociales y familiares que presenta cualquier persona de estas edades. Pero, además, estos profesionales trabajan junto al resto de personal educativo cualificado del centro la formación y orientación laboral de los usuarios. «Hacen un seguimiento de individual de cada niño, porque ellos carecen de la red de apoyo familiar que puede existir en cualquier núcleo familiar normalizado», manifiesta la directora.
Con el objetivo de lograr una mayor integración y socialización de los jóvenes, el sistema de funcionamiento del propio centro fomenta las salidas de la residencia y las relaciones con el entorno exterior. «Es un espacio abierto. No hay medidas de contención. Utilizamos cualquier recurso de ofrece la ciudad. Acudimos con los pequeños al centro de salud de la zona, acuden a estudiar a los colegios del área y participan en actividades extraescolares, deportivas y de ocio como cualquier otro chico», indica.
Toda esta labor se lleva a cabo mediante un trabajo planificado y regulado. El centro de menores y los profesionales que lo integran disponen de los recursos, medios y procedimientos adecuados para realizar todas estas funciones. «Se ponen en marcha proyectos grupales e individuales para ir desarrollando sus capacidades personales, sociales y educativas», señala.
Esta intensa relación que los pequeños establecen con sus tutores, técnicos educativos o incluso con el personas de administración y servicios (cocineras, limpiadoras, etc.), en muchas ocasiones se mantiene una vez que el usuario sale del centro. «Al final, se acaba creando un vinculo paternal. Muchos jóvenes, ya mayores de edad, nos siguen llamando y siguen en contacto con nosotros. Por lo general, son personas cariñosos y con gran capacidad de adaptación», asegura la responsable del centro.
Aunque con este servicio los pequeños se encuentran completamente atendidos y logran mantener todas sus necesidades cubiertas, la idea es que esta medida sea temporal. «Desde el momento en el que un niño ingresa en el centro nos ponemos a trabajar en otras alternativas a la institucionalización», declara Rodríguez.
Fundamentalmente, las opciones en las que trabajan los técnicos del centro son tres. Si se dan las circunstancias apropiadas, el usuario regresa con su familia biológica. Si esta posibilidad no es factible, se abre una segunda línea de intervención en la que se busca otra salida familiar. Así, el afectado se deriva a la familia biológica extensa (abuelos, tíos, etc.), siempre y cuando pueda asumir su cuidado, o bien acaba integrado en familias ajenas, mediante acogimientos o adopciones. Como último recurso, los usuarios permanecen en el centro hasta que son mayores de edad y autónomos. «Se es prepara para la vida adulta y emancipación», destaca.
En muchos casos, aunque los pequeños regresen con su familia, los trabajadores del centro continúan realizando un seguimiento para ver cómo evoluciona la situación del niño. En estos momentos, hay 62 menores bajo esta medida.
De las paredes de las habitaciones de los más pequeños que viven en el San Juan Bautista cuelgan peluches y dibujos. Los más mayores llenan su espacio con libros, fotografías con sus amigos y pósters de sus ídolos. La decoración también forma parte de la vida de los usuarios de este centro. Al igual que la relación con sus tutores, ambientar el entorno físico en el que crecen es importante para que stos jóvenes se lleguen a sentir como en casa.
«Por lo general, son chavales muy cariñosos y con gran capacidad de adaptación»







